
MI DEFINICIÓN DE RESILIENCIA
Dr. Galen Buckwalter, director de Investigación en Headington Institute | 30 de noviembre de 2011
Si recibiera diez centavos por cada vez que alguien me pide que defina qué es la resiliencia, ya sería rico. Pero la confusión sobre la resiliencia es bastante comprensible. Cada libro y cada artículo de revista tiene una versión diferente de la definición de resiliencia y si se puede aumentar y cómo.
He tenido la fortuna de pasar el último par de años investigando y pensando profundamente en la resiliencia, ya sea mi propia resiliencia personal y como característica psicológica. Este artículo refleja estos dos procesos. Tomo muy en serio mi ciencia, así que todo lo que presento es congruente con investigaciones que he leído y llevado a cabo. Debo admitir, sin embargo, que este no es un trabajo puramente científico.
Ha una característica que define a la resiliencia en la que todos parecen estar de acuerdo: la resiliencia es evidente cuando nos enfrentamos con un nivel importante de trauma y estrés. Es difícil evaluar la resiliencia cuando las cosas van bien, aunque los buenos tiempos pueden aumentarla. Es más fácil medirla cuando experimentamos cosas que quisiéramos que no hubieran ocurrido. La resiliencia determina qué tan pronto volvemos a nuestra “condición estable” después de haber sido derribados, cuando debemos empujar las circunstancias de la vida que desafían nuestro ser.
Revisemos rápidamente qué ocurre al cerebro y al cuerpo cuando enfrentamos situaciones que requieren resiliencia. Cuando experimenta un trauma o estresor extremo, su fisiología pasa por cambios radicales. Empezando por las profundidades de su cerebro, los neurotransmisores y las hormonas le dicen a su cuerpo que usted está enfrentando algún tipo de amenaza. Las glándulas suprarrenales, en la parte superior de sus riñones, reciben el mensaje y hacen fluir hormonas del estrés por todo su cuerpo. Estas hormonas afectan a todos los sistemas corporales (cardiovascular, digestivo, inmunológico, metabólico, inflamatorio, renal, etc.). No hace falta decir que el estrés tiene un enorme impacto en su cerebro. En términos generales, las hormonas del estrés pasan de la parte inferior del cerebro a la parte superior, donde usted tiene acceso a sus recuerdos y piensa de una forma única. Si estas hormonas y sustancias químicas están sin control, anulan su capacidad de tomar buenas decisiones o de pensar en cualquier otra cosa que no sea la amenaza inmediata. Si su sistema se mantiene en un alto nivel de alerta, terminará con un cerebro que no piensa claramente y con todos sus sistemas fisiológicos sobrecargados.
Por suerte, hay procesos biológicos naturales que facilitan que nos recuperemos del estrés. Un proceso llamado alóstasis busca que todos los sistemas fisiológicos vuelvan a su condición estable después de la respuesta al estrés. Sin embargo, varios factores biológicos y psicológicos pueden interferir con la alóstasis. Aquí es donde la resiliencia se vuelve importante, ya que esta sorprendente característica psicológica facilita el proceso biológico de la alóstasis para que nuestro cuerpo y nuestro cerebro vuelvan a la normalidad. Entonces, ¿qué es la resiliencia?
Hay tres atributos psicológicos esenciales en el corazón de la resiliencia: fortaleza, sentido/meta y placer. Si su vida personal se caracteriza por estos atributos, usted tiene los componentes esenciales para crear resiliencia. Se siente equipado para manejar su vida diaria y esos momentos difíciles en los que tiene que cavar más profundo. También cree que está aportando al mundo de una forma que ayuda a otros en congruencia con lo que parece más importante para usted. Ya sea que crea existir en un universo controlado por un poder superior claramente definido o que participe en un colectivo humano que trascienda su identidad personal, su fuente de significado le ayuda a manejar los altos niveles de trauma y estrés de forma eficaz. Y por último, el placer. No se trata de beber champaña en la embajada francesa en Año Nuevo. Se trata de disfrutar profundamente lo que le enriquece y le satisface. Sea la poesía o la alfarería, ir al cine o al teatro, tener experiencias que le den una profunda sensación de placer es fundamental.
Fortaleza, sentido y placer. Estos atributos esenciales deben experimentarse tanto a nivel emocional como cognitivo. La resiliencia crece a través de sentimientos y participación en una vida de reflexión que le brinde fortaleza, sentido y placer. Leer, pensar, trabajar, orar, escribir, conversar, son actividades importantes como experiencias emocionales que le den las sensaciones de fortaleza, sentido y placer. Los “tres grandes” de la resiliencia deben experimentarse tanto a nivel emocional como cognitivo para que la resiliencia se desarrolle totalmente.
Aunque es posible desarrollar resiliencia personal por sí mismo, debemos tener relaciones interpersonales significativas para crear resiliencia más eficazmente. Las relaciones nos brindan oportunidades emocionales y cognitivas para que desarrollemos fortaleza, sentido y placer. Esto aumenta nuestra resiliencia personal más que vivir nuestras vidas en soledad.
Entonces, ¿por qué estos atributos psicológicos en particular, experimentados a nivel emocional y cognitivo, solos y en relaciones, son la clave para crear una vida resiliente? Volvamos al concepto de alóstasis para encontrar posibles respuestas. Una razón por la que nuestro cuerpo no vuelve a su condición estable después de una respuesta al estrés es porque las reacciones psicológicas pueden entorpecer la alóstasis. Si vemos la situación como una catástrofe y no pensamos en nada más, evitamos que la respuesta de estrés se resuelva. Cuando tenemos una vida resiliente, es más probable que dejemos el trauma, incluso si altera gravemente nuestra vida, en un contexto que permite que la alóstasis se realice. Entonces, nuestro cuerpo puede sanarse a sí mismo.
Con fortaleza, sabemos que podemos sobrevivir. Con sentido/meta, sabemos que hay una razón para que vivamos un día más. Con placer, sabemos que hemos recibido la capacidad de disfrutar la vida profundamente. Así como el trauma es una realidad de la vida, el placer también lo es. Cuando el trauma se presenta y el estrés de la vida parece demasiado, todavía podemos experimentar fortaleza y sentido. Eventualmente, el placer volverá. Eso es resiliencia.
Un pensamiento final: Anteriormente vimos cómo las hormonas del estrés que provienen de la parte inferior del cerebro afectan la parte superior del cerebro, donde radica nuestra capacidad de pensar y sentir. ¿Adivina dónde se encuentran los atributos de la fortaleza, sentido y placer? ¡Por supuesto! En la parte superior del cerebro.
¿Es posible que tener una vida resiliente fortalezca a nuestra parte superior del cerebro para que soporte el violento ataque de las hormonas que indican “pelear o huir”, que de otro modo causarían pánico o combate? Sin mucha evidencia, me atrevería a decir que sí. Sugiero que tener una vida de fortaleza, sentido y placer podría fortalecer las áreas de nuestro cerebro que nos ayudan a recuperarnos la próxima vez que algo salga mal en nuestras vidas. Con más certidumbre, creo que una vida que se caracterice por la fortaleza personal, tener un sentido o meta y sensaciones de un gran placer sin culpas representa la definición de resiliencia. Un día a la vez.
